jueves, 16 de abril de 2026

Capítulo X: Un Ataque Demoníaco.

 

 


 

 

Un Ataque Demoníaco.

 

Llegar al departamento antes de la medianoche no garantizaba seguridad; a esa hora, el ambiente ya se sentía desolado, como si el aire mismo se hubiera retirado para dejar espacio a lo invisible. Tras cruzar la puerta de la calle, me esperaban esos doscientos metros de pasillo exterior que siempre recorría a muerte. Correr era la única opción cuando sabías que en las sombras de las escaleras y los rincones del edificio, los "entes" ya estaban posicionados, observando tu premura.

Entré al departamento con el corazón martilleando en las costillas. Mi hermano Juan Carlos despertó con el ruido. En medio de la penumbra de nuestro cuarto, intentó mantener la normalidad con preguntas cotidianas: "¿Cómo te fue?", "¿Te divertiste?". Pero la normalidad era un lujo que ya no poseíamos.

De pronto, el aire se cortó. Juan Carlos empezó a forcejear violentamente contra el colchón, sus manos subiendo a su cuello como si intentara arrancar unos dedos invisibles que lo estrangulaban. Sus ojos, desorbitados por el terror, buscaban los míos mientras emitía sonidos ahogados, suplicando una ayuda que yo no sabía cómo dar.

Antes de que pudiera reaccionar, el horror me alcanzó a mí. Sentí unas garras gélidas y poderosas cerrarse con una fuerza inhumana alrededor de mi cintura y mi cuello. Sin esfuerzo, como si yo no pesara nada, esa fuerza me elevó hasta el techo de la habitación. Por un instante eterno, quedé suspendido en el aire, rozando la superficie fría del techo, para luego ser azotado con violencia brutal sobre la cama.

El estruendo del golpe fue sepultado por un coro de voces desencajadas que llenaron el cuarto. Un alarido múltiple que se retorcía en el aire: "¡Son nuestros... son nuestros!".

El caos terminó cuando mi madre entró apresurada y encendió la luz. La claridad reveló el desastre: dos hermanos aterrados, pálidos, con las marcas del asedio aún vibrando en el cuerpo. El silencio que siguió no fue de paz, sino de derrota. Esa noche comprendimos que no importaba cuánto corriéramos por el pasillo; el mal ya dormía en nuestra propia habitación.

 

  

Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
www.jfolguinautor.com

 

viernes, 10 de abril de 2026

Capítulo IX: Manifestación de Poder

 

 


 

 Manifestación de Poder

 

Lo que empezó con el sutil roce de un bolígrafo cayendo al suelo o el clic de una puerta entornándose, pronto escaló a una coreografía del terror que desafiaba toda lógica física. En aquel departamento, los objetos no solo se movían; parecían haber cobrado una voluntad perversa. Pero nada nos preparó para aquel día especial, cuando la familia se reunía para comer y mis dos abuelas estaban presentes.

El aire, ya de por sí cargado, se espesó de golpe. Sin que nadie lo tocara, la puerta del baño se azotó con una violencia inhumana, cerrándose por dentro como si un inquilino invisible buscara privacidad para su maldad. De inmediato, el caos eléctrico se desató: el disco del teléfono antiguo empezó a girar frenéticamente, marcando números al vacío, mientras el radio estallaba en una cacofonía de estática y voces fragmentadas, saltando de una estación a otra como si unas manos invisibles buscaran desesperadamente una frecuencia desde el más allá.

Mis abuelas, dos pilares de fe y carácter, se plantaron como escudos humanos frente a nosotros. Mi abuela materna, con una autoridad que parecía vibrar en las paredes, gritó al vacío: "¡Largo de aquí, esta no es su casa!". Al mismo tiempo, mi abuela paterna, con el rosario ya enredado en sus dedos temblorosos pero firmes, inició un rezo que competía con el estruendo de los objetos azotándose dentro del baño.

Entonces, el aire se heló con un alarido múltiple. No era una sola voz, era un coro de sombras que se repetía en un eco deforme: "Son nuestros... son nuestros...". Las voces parecían brotar de las grietas, de todos lados, incluso de nuestra propia sangre.

Cuando mi madre salió de la cocina y se unió a ellas en ese frente de resistencia, el estrépito cesó de golpe. El silencio que siguió fue más aterrador que el ruido; un vacío denso donde las advertencias de mis abuelas resonaban con una verdad nueva y amarga: "El diablo vive aquí". Nos sentamos a la mesa, pero el hambre se había podrido. Aquella tarde no solo se movieron los muebles; nuestra fe estuvo a prueba.

 

 

Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
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viernes, 3 de abril de 2026

Capítulo VIII: La Posesión.


 

La Posesión

 

La transformación de lo cotidiano en lo grotesco fue una enfermedad sigilosa que se instaló en nuestro departamento de la colonia Los Álamos. Mi hermana, cuya presencia siempre había sido mi refugio, comenzó a desvanecerse ante mis ojos. Su palidez ya no era humana; era el tono de la cera vieja, de algo que ha dejado de recibir luz.

El aire en su habitación cambió drásticamente. Ya no olía a hogar, sino a un moho ancestral, a una descomposición que parecía brotar de las mismas paredes. Ella pasaba horas en un aislamiento absoluto, pero el silencio era una mentira. Desde el pasillo, con el oído pegado a la madera fría de la puerta, se escuchaban susurros. No era ella hablando sola; era una letanía en un dialecto extraño que hacía que los vellos de mis brazos se erizaran. Parecía debatir con una presencia invisible que devoraba el espacio.

La noche del quiebre definitivo, el aire pesaba tanto que costaba respirar. Al encontrarla, la escena desafió mi cordura: Susy no estaba simplemente enferma, estaba siendo habitada por algo más. En el suelo, su cuerpo se arqueaba en ángulos imposibles, con la cabeza inclinada hacia un lado de una forma que los huesos no deberían permitir. Sus gritos no eran de dolor físico, eran alaridos de un alma que estaba siendo expulsada de su propio templo.

Cuando sus ojos se clavaron en los míos, el mundo se detuvo. Ya no eran los ojos de mi hermana; eran pozos de negrura absoluta, un vacío inteligente y antiguo que me observaba con un desprecio infinito. Entonces, con una fuerza inhumana que no le pertenecía, me agarró del brazo y sentí el frío de la muerte.

—"Todos morirán…"— pareció gruñir aquella presencia.

En ese instante, comprendí que un demonio no solo acechaba en las sombras del pasillo, sino que había encontrado en el cuerpo de Susy una forma de carne para manifestar su odio. La posesión no era un cuento; era el grito de mi hermana prisionera en una cárcel de carne que ya no le pertenecía.


  

 

Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
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viernes, 27 de marzo de 2026

Capítulo VII: La Ouija

 

La Ouija 

La tabla de madera, gastada y con las letras a medio borrar, descansaba sobre la mesa. No había amigos, solo yo y el silencio de una noche que parecía devorarlo todo. La curiosidad, esa vieja trampa que siempre nos acecha cuando la soledad aprieta, me había llevado a esto. Mis manos temblaban, no por el frío, sino por una anticipación que helaba la sangre. Coloqué las yemas de los dedos sobre el planchette, sintiendo la textura áspera de la madera contra mi piel.

El aire en la habitación se volvió pesado, denso, como si el tiempo se detuviera. "Abuelo, ¿eres tú?", pregunté, mi voz un susurro apenas audible que parecía rebotar en las paredes desnudas.

El planchette comenzó a moverse. Lentamente, sin que yo lo empujara, con una suavidad perturbadora. Un frío glacial recorrió mi columna vertebral. Se deslizó hacia la 'S', luego la 'I'. .

Una oleada de alivio, una falsa sensación de paz, me envolvió. Pero era una ilusión. En los días siguientes, el alivio se transformó en un terror sordo. Cosas extrañas empezaron a suceder. Los objetos cambiaban de lugar. Susurros ininteligibles llenaban el pasillo en la madrugada. La casa, antes un refugio, se convirtió en un laberinto de sombras amenazantes.

No era mi abuelo. No había contactado a nadie de mi sangre. La verdad emergió lentamente, como un cadáver que sale a la superficie. Había abierto una grieta, un vórtice en el umbral de las sombras, y algo más había cruzado.

La respuesta llegó después: Lilith. La madre de los demonios, la que acecha en la oscuridad y roba el aliento de los niños. Ella no buscaba consolarme; buscaba mi alma.

Desde entonces el departamento consumió mi vida lentamente. Sentía su presencia en cada rincón oscuro. Entre las sombras del pasillo, veía su silueta retorcida. Tomaba distintas formas para acecharme: a veces un gato negro de ojos vacíos, otras una figura alta y delgada que se disolvía al mirarla fijamente. Nunca imaginé que un simple juego, una búsqueda de consuelo en la soledad, abriría la puerta al mismísimo infierno en mi propio hogar.

 

Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
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viernes, 20 de marzo de 2026

Capítulo VI: El Sillón Maldito

 




El Sillón Maldito


La tregua después del incidente en la tina fue un espejismo. El departamento no solo quería nuestra voz; ahora parecía alimentarse de nuestro cansancio. En la sala, entre la penumbra que siempre ganaba terreno a las lámparas, se erigía aquel sillón individual. Era un mueble extraño, de una comodidad hipnótica que, más que invitar al descanso, parecía inducir un letargo pesado, una somnolencia que te nublaba el juicio apenas te dejabas caer en su respaldo.

Aquella tarde, el aire pesaba más de lo normal. Busqué refugio en el sillón, intentando cerrar los ojos para ignorar el frío que subía por mis tobillos. Pero el descanso no llegó. Lo que sentí fue una sacudida violenta, un crujido de madera que no provenía del piso, sino de las entrañas mismas del mueble. El sillón, bajo mi propio peso, comenzó a vibrar con una furia viva, lanzándome contra el respaldo una y otra vez como si intentara expulsarme o, peor aún, devorarme.

Luché por levantarme, pero mis extremidades pesaban como el plomo. Fue entonces cuando lo sentí: un latido. Un pulso rítmico, cálido y constante que golpeaba mi espalda a través del tapiz. El sillón tenía corazón. El miedo me dio la fuerza que el sueño me había robado. Me puse de pie de un salto, con el corazón en la garganta, y fue ahí donde las vi: unas huellas húmedas, de un agua estancada y grisácea, marcaban el camino desde el sillón hasta la puerta del baño.

Como si una voluntad ajena manejara mis pasos, caminé hacia el umbral. El vapor de una regadera que nadie había abierto inundaba el pasillo. Entré, buscando respuestas en el espejo empañado por ese calor artificial. Con la mano temblorosa, limpié el cristal para buscar mi rostro, para asegurarme de que seguía ahí.

Pero el reflejo que me devolvió el espejo no fue el de un niño aterrado.

Enmarcada en el cristal, me miraba una mujer anciana. Su piel era una red de arrugas profundas y sus ojos, cargados de una malevolencia centenaria, se clavaron en los míos con una sonrisa que no era humana. El horror me paralizó los pulmones, pero el sonido que siguió fue el golpe final: el chirrido metálico de la aldaba moviéndose por fuera.

Antes de que pudiera gritar, la puerta del baño comenzó a cerrarse lentamente, con una parsimonia cruel. Vi con desesperación cómo la rendija de luz del pasillo se hacía cada vez más delgada, mientras el reflejo de la vieja en el espejo se ensanchaba, celebrando mi encierro. El golpe seco de la madera contra el marco selló mi destino. Estaba solo, en la oscuridad, con algo que no era yo.



Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
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viernes, 13 de marzo de 2026

Capítulo V: El Baño de la Condena

 





El Baño de la Condena


Si pensaba que después de "La Forma que habitó su cuerpo capítulo II" el departamento me daría tregua, estaba equivocado. Aquella presencia no solo acechaba mis sueños; empezó a reclamar los muebles, el aire y mi propia respiración durante el día.

Aquella tarde, el ambiente en el pasillo era distinto. No era solo el frío, era un olor fétido, una mezcla de humedad estancada y algo que se pudre lentamente, lo que me avisó que no estaba solo. Decidí ignorarlo y meterme a bañar para intentar sacudirme el miedo.

Mientras estaba en la tina, el vapor comenzó a enfriarse de golpe. Entonces los escuché: esos ruidos guturales, como un borboteo que salía de las paredes. Antes de que pudiera reaccionar, sentí una fuerza invisible y pesada sobre mis hombros. Algo me empujó hacia el fondo de la tina.

El agua, que segundos antes era mi refugio, se convirtió en mi prisión. Luchaba por salir, pero mis manos infantiles no encontraban de dónde sujetarse; el peso sobre mí era absoluto. En un esfuerzo desesperado, logré sacar la cabeza apenas un segundo. No pude gritar, el miedo me había robado la voz, pero solté una exhalación fuerte y ronca, un sonido de auxilio que, por fortuna, mi padre escuchó desde el pasillo.

—¡Francisco! —gritó él desde el otro lado.

Intentó abrir, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Yo sabía que no le había echado el seguro. Escuché el estruendo de la madera crujiendo. Mi padre, cargando todo su peso sobre el hombro, golpeó la puerta una y otra vez hasta que la cerradura cedió y salió disparada.

Me sacó de la tina, temblando y asfixiado, y me envolvió en un abrazo que olía a seguridad, aunque sus primeras palabras fueron de regaño: —¿Por qué cerraste la puerta con seguro? Te pudiste haber ahogado. —Papá... yo no la cerré —alcancé a decir entre sollozos.

Él se quedó callado, mirando la cerradura rota y el espejo empañado donde la humedad parecía formar figuras que no eran las nuestras. A partir de ese día, el baño dejó de ser un lugar privado. El miedo a que se cerrara solo era tan real que mi padre tuvo que cambiar el sistema: quitó la cerradura y colocó una aldaba para asegurarse de que no se atascara la puerta nuevamente.

Pero después de ese día nada fue igual en aquel baño. Las llaves del agua de la regadera y el lavabo se abrían solas; se prendía la luz por las noches y la puerta se cerraba sola por dentro, incluso con la aldaba puesta. Teníamos que abrir la puerta metiendo un cuchillo para levantar dicha aldaba. En ocasiones se escuchaban ruidos, como si alguien estuviera allí o se estuviera bañando.

Era muy complicado ir al baño solo. A partir de ahí, cuando mi hermano y yo estábamos solos en el departamento, entrábamos juntos para protegernos y acompañarnos; incluso empezamos a bañarnos juntos. Ya un poco más grandes, en la regadera, los sonidos extraños no dejaban de escucharse; entonces metíamos una grabadora al baño, colocábamos un cassette y subíamos el volumen lo más que podíamos para no oír nada más. Sin embargo, cuando alguna canción tenía una palabra altisonante o grosera, la música se paraba automáticamente: algo presionaba el botón de stop o incluso la desenchufaba. Esto dio paso a nuevos eventos, donde los objetos parecían cobrar vida y, con ello, se incrementaron los ataques…




Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
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viernes, 6 de marzo de 2026

Capítulo IV: La Armadura del Miedo






La Armadura del Miedo

Los días pasaban y el descanso dejó de ser un refugio para convertirse en una frontera de pesadilla. Ya no eran solo sombras lejanas o ruidos en el techo; algo había decidido empezar a reclamar nuestro cuerpo como evidencia de su presencia. Las noches se transformaron en un territorio de guerra donde la línea entre el sueño y la vigilia se borraba bajo el peso de una saña deliberada. Teníamos sueños extraños, tan vívidos que el terror se sentía físico, donde presencias sin rostro nos acechaban y nos tocaban con manos que dejaban una sensación de quemazón en la piel.

Una madrugada, el horror alcanzó una escala que la lógica no puede contener. Desperté, pero mi cuerpo no me pertenecía. Estaba atrapado en lo que los médicos llaman "parálisis del sueño", una desconexión aterradora donde la mente recobra la conciencia pero los músculos permanecen sepultados en una inmovilidad de piedra. Sentía una opresión asfixiante sobre mi pecho, como si un bloque de granito invisible me estuviera hundiendo en el colchón, impidiéndome gritar o siquiera mover la punta de los dedos.

En medio de esa rigidez desesperada, mis ojos eran lo único que conservaba voluntad. Con un esfuerzo sobrehumano, logré girar levemente la vista hacia el rincón de la habitación. Allí, fundida con la penumbra, estaba ella: una sombra más negra que la propia noche, una mancha de vacío absoluto que poseía dos puntos de un rojo encendido y malévolo. Mientras recuperaba lentamente el control de mi cuerpo, vi cómo esa figura se deslizaba con una fluidez antinatural, desvaneciéndose por las esquinas oscuras de la pared, como si la estructura misma del edificio la absorbiera.

En cuanto pude moverme, me llevé las manos al cuello. No era una sugestión; me dolía, me ardía con la intensidad de una brasa recién apagada. Salté de la cama y corrí al espejo de la habitación, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. Al encender la luz, el reflejo me devolvió la confirmación de mi desgracia: ahí, sobre mi piel infantil, estaban las marcas frescas y rojizas de unos dedos. Había sido tocado, agredido físicamente por algo que no debería existir. Mi mente de niño se llenó de preguntas sin respuesta que se clavaban como agujas: ¿Por qué a mí? ¿Qué quería de nosotros?

En ese momento mi hermano mayor despertó, yo no sabia cómo explicar pero antes de emitir una sonido o palabras de mi boca, él solo dijo: —apaga la luz que quiero dormir.

A partir de esa noche, la hora de dormir se convirtió en un ritual de supervivencia. El miedo se volvió tan tangible que mi lógica de cinco años dictó una estrategia de defensa desesperada. Cada noche, antes de apagar la luz, me transformaba en un pequeño guerrero acorazado contra lo invisible. Me colocaba un casco de fútbol americano para proteger mi cabeza, me ajustaba un chaleco salvavidas como si fuera una armadura de combate y me ponía gogles para que nada pudiera tocar mis ojos.

Completaba mi equipo con guantes, bufandas que cubrieran mi cuello y cualquier prenda que pudiera servir de barrera entre mi carne y esas manos de sombra. Así, envuelto en plástico, cuero y lana, intentaba conciliar un sueño que sabía que no sería tranquilo. Aquella imagen, la de un niño de cinco años durmiendo con un casco y un chaleco salvavidas, era el testimonio más desgarrador de nuestra realidad: en ese departamento, la infancia no se protegía con mantas, sino con la esperanza de que un casco de plástico fuera suficiente para detener a la muerte.




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En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor

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jueves, 26 de febrero de 2026

Capítulo III: El Dueño

 




El Dueño


En el edificio donde crecí, el misterio no siempre llegaba en forma de sombras; a veces se escondía detrás del olor a soldadura y circuitos viejos. Justo debajo del cuarto donde dormía mi hermana, estaba el taller del Ingeniero, un hombre solitario que devolvía la vida a televisores, radios y cualquier aparato que el tiempo hubiera decidido apagar. A mi corta edad, la curiosidad me arrastraba hacia él. Me gustaba ayudarlo, pasarle las herramientas y ver cómo sus manos expertas manipulaban los dispositivos. El Ingeniero era parte del paisaje cotidiano de mi infancia, hasta que un día, el taller simplemente no abrió.

Pasaron las semanas y el silencio se volvió pesado frente a su puerta. Un día, sin embargo, encontré la entrada entreabierta. Con la familiaridad de quien se siente en casa, entré para saludarlo. Lo vi allí, sentado frente a sus monitores, totalmente inmóvil, sin emitir un solo sonido. Empecé a hablarle, contándole de mis cosas, pero él no respondía. Lentamente, como si sus articulaciones fueran de piedra, comenzó a girar el cuello hacia mí. Su mirada era distinta; ya no había la bondad de antes, sino un gesto enojado, una fijeza que me heló la sangre. Sin dejar de mirarme, se levantó y salió de la habitación, pero antes de desaparecer en la penumbra, soltó una frase que se me quedó clavada: "Te veo".

Me quedé esperando su regreso, confundido por su hostilidad, hasta que el silencio fue roto por el paso frenético de mi madre. Al verme allí dentro, me sacó de un tirón violento, con una angustia que no logré comprender en el momento. "¿Qué haces aquí adentro?", me preguntó con voz temblorosa. Cuando le conté que acababa de hablar con el Ingeniero, su rostro palideció. Me tomó de los hombros y, con una seriedad que nunca olvidaré, sentenció: "No quiero que vuelvas a entrar jamás. El Ingeniero tiene semanas que murió". En ese instante, el frío del edificio se volvió eterno y comprendí que, en aquel lugar, la muerte no era el final de la presencia de alguien, sino el inicio de algo mucho más oscuro.

Hay pasos que no se dan con los pies, sino con el miedo. Aquella tarde, el cubo de las escaleras del edificio en la colonia Los Álamos no era solo un bloque de cemento y sombras; era una garganta oscura que intentaba tragarme.

Todo comenzó con un frío súbito en la nuca, ese que te dice que ya no estás solo. Al girar la vista en el descanso entre pisos, lo vi. No era una persona, era una mancha de realidad rasgada, una silueta negra que parecía absorber la poca luz que quedaba. Empecé a subir, primero rápido, luego en un frenesí desesperado. Mis zapatos golpeaban los escalones, pero el sonido que me perseguía no era el de unos pasos, sino un siseo metálico, como si algo se arrastrara por las paredes.

Llegué a la puerta de casa con los pulmones ardiendo. Mis manos temblaban tanto que la llave parecía tener vida propia, negándose a entrar en la cerradura. Sentí la presencia justo detrás de mí, pegada a mi espalda, una presión helada que me erizó la piel. Antes de que pudiera entrar, sentí un tirón violento.

Unas manos que no eran de carne, sino de puro vacío, se enredaron en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás con una fuerza inhumana. El dolor fue agudo, pero lo que me paralizó fue el susurro que vibró directamente en mi cráneo, una voz seca, sin aire, que sentenció:

“Eres mío...”

Con un grito que se me quedó atorado en la garganta, logré dar un tirón y entrar al departamento, tropezando con mis propios pies. Cerré la puerta de golpe y me recargué contra ella, sollozando, escuchando cómo algo rasguñaba la madera desde el otro lado. El vidrio opaco de la entrada mostraba una mancha densa, una sombra que se negaba a irse.

Entonces, el estruendo.

Un trueno seco hizo vibrar el marco de la puerta. El cerrojo giró con violencia y la puerta se abrió de par en par, golpeando la pared. El aire entró de golpe. Era mi madre. Me miró con los ojos cargados de una angustia que yo conocía bien. No hubo preguntas, no hubo dudas. En ese departamento, el horror no necesitaba explicaciones.

Ella solo me miró, vio mi cabello revuelto y mi rostro pálido, y con esa voz que aceptaba nuestra maldición, dijo: —“Sí, hijo... aquí pasan cosas extrañas.”

Esa tarde comprendí que no solo vivíamos en un departamento; vivíamos en la frontera de algo que reclamaba nuestra propiedad, paso a paso, sombra a sombra.



Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
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miércoles, 18 de febrero de 2026

Capítulo II: La Forma que Habitó su Cuerpo

 


 

La Forma que Habitó su Cuerpo


Mi hermana, en ocasiones, se comportaba de manera extraña, como si estuviera ligada a sucesos que nadie más parecía percibir.


Una noche, mientras el departamento descansaba en un silencio espeso, escuché ruidos provenientes de la cocina. No eran golpes ni pasos definidos, sino algo irregular, casi orgánico. Cada avance hacia el pasillo hacía que el frío me recorriera por dentro, como si el aire hubiese olvidado cómo ser tibio.

Al llegar, la vi de espaldas. La cabeza inclinada hacia un lado, demasiado fija, demasiado quieta. Murmuraba en voz baja, repitiendo los mismos sonidos que me habían llevado hasta allí.

—Hermanita… ¿estás bien?

La pregunta no cayó; quedó suspendida entre nosotros.

El murmullo cesó.

Con una lentitud impropia de ella, comenzó a girar.

Cuando su rostro quedó frente a mí, entendí que algo no encajaba. Sus ojos, completamente negros, no reflejaban luz. La cabeza permanecía torcida en un ángulo imposible, como si el cuello hubiera cedido a una voluntad distinta.

Avanzó.

No había prisa en sus movimientos. Eran pausados, casi mecánicos, pero decididos. Di un paso atrás. Luego otro. El pasillo se volvió más estrecho de lo que recordaba.

Su mano se cerró sobre mi brazo.

No parecía fuerte. Sin embargo, mis huesos crujieron bajo la presión. Me arrastró hacia la ventana con una determinación muda, como si mi peso no significara nada. El vidrio vibró cuando mi espalda lo golpeó.

Algo en mí reaccionó tarde. Logré zafarme y corrí hacia mi cuarto sin mirar atrás.

Esa imagen quedó adherida a mi memoria: la curvatura antinatural de su cabeza, la negrura absoluta de sus ojos… y esa sonrisa apenas insinuada, torcida, consciente.

Después de aquella noche, el departamento dejó de ser un lugar. Se convirtió en una espera.

Las paredes parecían retener sonidos que nadie más escuchaba. A veces me detenía en medio del pasillo con la certeza de que algo respiraba detrás de mí. No necesitaba verlo para saber que estaba allí.

Días después, los ruidos volvieron a surgir desde la cocina.

El mismo murmullo.

La misma cadencia.

Me acerqué sin encender la luz. Allí estaba otra vez: de espaldas, la cabeza inclinada.

Esta vez no pregunté nada.

Corrí hacia su habitación y entré bruscamente, cerrando la puerta con el cuerpo.

Entonces la vi.

Dormía profundamente. Su respiración era lenta, regular. Una mano colgaba fuera de la cama, inmóvil.

Me quedé sentado en el suelo, bloqueando la puerta, escuchando mi propia respiración romper el silencio.

Si ella estaba allí…

¿quién estaba en la cocina?

No era una confusión.

No era imaginación.

Lo comprendí con una claridad helada:

Aquello no intentaba dañarnos.

Intentaba ocupar su lugar.

Y mientras mi hermana dormía, ajena a todo, lo vi.

Entre las paredes.

No fue un movimiento brusco ni una aparición repentina. Fue más bien una densidad distinta en la sombra, una silueta que comenzó a desprenderse del muro como si siempre hubiera estado allí, esperando.

Un hombre.

Vestido de negro.

Su figura era alta, inmóvil, recortada apenas por la penumbra del pasillo. No distinguía su rostro con claridad, pero sentí su mirada antes de comprenderla. Una mirada fija, penetrante… consciente.

Y entonces sonrió.

No era una sonrisa amplia. Era mínima. Precisa. Suficiente.

Las sombras comenzaron a absorberlo lentamente, como si la pared lo reclamara de vuelta. Su contorno se diluyó, su forma se fragmentó en oscuridad, hasta que no quedó nada… salvo el silencio.


Me quedé inmóvil, mientras una sola pregunta comenzaba a abrirse paso en mi mente: ¿quién habita realmente este lugar?



Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
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miércoles, 11 de febrero de 2026

Capítulo I: La Primera Noche: Umbral de la Ceniza: La Primera Visita

 


Umbral de la Ceniza: La Primera Visita


El 28 de octubre de 1978 entramos al departamento que marcaría nuestras vidas, y algo —que ya estaba allí— nos esperaba.

Eran las 7:30 de la noche cuando el aire cambió…y no volvió a ser lo mismo.

No ocurrió de golpe. Fue un cambio sutil, como si el espacio hubiera inhalado profundamente después de nuestra llegada y todavía no decidiera si exhalar. Las cajas abiertas desprendían olor a cartón húmedo y polvo viejo. Las paredes, recién pintadas, ocultaban bajo la cal una memoria que no alcanzábamos a percibir, pero que ya nos observaba.

Susy estaba cansada. Tenía diez años y una felicidad sencilla latiéndole en el pecho. Había ayudado a mi madre a desempacar durante horas y ahora, sentada frente al televisor, imaginaba dónde colocaría sus cosas al día siguiente. Su risa aún flotaba en la sala cuando el primer trueno sacudió el edificio.

No fue un estruendo lejano. Fue vertical. Descendió como un golpe directo sobre el techo. Las ventanas vibraron en sus marcos y la luz titubeó. Afuera, la tormenta no se formó: se precipitó.

Y entonces comenzaron los aullidos.

El primer relámpago partió el cielo.

La electricidad murió.

La oscuridad no fue ausencia de luz; fue una sustitución. Algo ocupó el espacio que la claridad dejó libre. La sala se volvió un volumen gris, espeso, donde los contornos se diluían.

Fue en ese silencio saturado cuando Susy escuchó la risa.

Baja.
Controlada.
Cercana.

No era una carcajada. Era el sonido íntimo de alguien que disfruta una certeza.

Venía de la ventana.

Susy se incorporó lentamente. No entendía cómo alguien podía estar allí. Vivíamos en un primer piso. El vidrio estaba empañado por la lluvia, y durante un segundo solo vio su propio reflejo tembloroso.

El siguiente relámpago iluminó la sala con violencia.

Y el reflejo dejó de ser suyo.

El rostro de una anciana ocupaba el cristal.

La piel era grisácea, como ceniza mezclada con agua. Las arrugas no eran simples marcas del tiempo; parecían grietas profundas, fisuras que hubieran sido abiertas desde dentro. Sus ojos… no estaban vacíos. Estaban atentos. Intensamente atentos. No miraban el cuarto: atravesaban a Susy.

Y en esa mirada había conciencia.

No sorpresa.
No confusión.
Reconocimiento.

La anciana no parecía preguntarse quién era la niña.

Parecía confirmar que era ella.

Susy sintió el golpe en el pecho antes de comprender el miedo. No era solo terror visual; era la certeza de estar siendo leída. Como si pensamientos que jamás había pronunciado estuvieran siendo desplegados ante aquella mirada.

El trueno siguiente sacudió los muros.

Y la figura dejó de estar en la ventana.

No hubo desplazamiento. No hubo transición.

El tercer relámpago iluminó la sala.

La anciana estaba de pie junto al televisor.

Dentro.

El espacio que ocupaba no parecía prestado; parecía recuperado. Sus pies no proyectaban sombra coherente. El aire alrededor de su cuerpo vibraba levemente, como si la temperatura allí fuera distinta.

Susy quiso gritar, pero algo ocurrió primero.

Una presión invisible le rodeó la cabeza. No física. Interna. Una sensación de dedos hurgando detrás de los ojos, palpando recuerdos, midiendo temores. La niña intentó retroceder y el suelo pareció volverse inestable, como si el departamento respirara bajo sus pies.

La anciana inclinó apenas la cabeza.

No movió los labios.

Pero Susy sintió la frase.

Por fin.

No fue una voz audible. Fue una certeza insertada en su pensamiento.

La sonrisa se tensó apenas más.

Aquella conciencia no era errática ni caótica. Era antigua. Paciente. Territorial. Observaba a la niña como un arquitecto examina una estructura que planea ocupar. No había prisa en ella. Había cálculo.

Susy comprendió algo que la paralizó más que el miedo: aquello no había llegado con la tormenta.

Siempre estuvo allí.

Nos había estado esperando.

El siguiente relámpago desgarró la sala con una claridad brutal. Por un segundo, el rostro de la anciana pareció deformarse, como si bajo la piel existiera otra cosa intentando asomarse. Algo más oscuro. Más profundo. Algo que no tenía edad.

Y entonces la presión aumentó.

Susy sintió que algo se deslizaba por su mente, probando resistencia, empujando límites. Un frío interno le recorrió la columna. Intentó cerrar los ojos y no pudo. Intentó pensar en su madre y el recuerdo se distorsionó, como si la imagen estuviera siendo tocada por manos sucias.

La anciana no quería asustarla para marcharse.

Quería abrirla.

Quería habitar.

El grito finalmente estalló desde lo más profundo de su cuerpo. No fue un sonido largo; fue un desgarrón abrupto, como si algo invisible se hubiera rasgado dentro de ella.

Y con el grito, la luz regresó.

La sala volvió a ser sala. Las paredes, paredes. El televisor, un objeto inofensivo.

La anciana había desaparecido.

Pero el aire seguía denso.

Mi madre llegó corriendo, pálida, descompuesta. Encontró a Susy temblando, rígida, con los ojos demasiado abiertos.

—La vi —repetía mi hermana—. Estaba aquí… me miraba…

Mi madre la abrazó, intentando cubrirla, protegerla. Pero mientras la sostenía, una corriente fría recorrió el pasillo hacia las habitaciones. Como si algo se desplazara lentamente hacia el interior del departamento.

Hacia adentro.

Hacia nosotros.


La anciana no desapareció de inmediato; se replegó. Su figura pareció diluirse en la penumbra del pasillo como humo que recuerda su forma antes de deshacerse, pero sus ojos permanecieron fijos en ellas hasta el último instante, ardiendo con una lucidez enferma. No había prisa en su retirada, solo cálculo. Las observaba como se observa una casa recién habitada que pronto será reclamada. En la hondura de su conciencia no existía duda ni compasión: aquellas presencias cálidas, vivas, respirando donde no debían, eran una ofensa. Las odiaba no por lo que eran, sino por latir. Y mientras se deslizaba hacia las grietas invisibles del departamento, cultivaba un deseo absoluto, paciente y meticuloso: quebrarlas, vaciarlas, arrancarles la luz poco a poco hasta que sus almas —despojadas de resistencia— le pertenecieran sin resto, sin eco, sin retorno.


Aquella noche no comenzó una historia de miedo.

Comenzó una ocupación.


Durante los siguientes dieciocho años aprenderíamos que el verdadero horror no consiste en ver una aparición.

Consiste en entender que has sido elegido.

Y que aquello que te eligió no tiene intención de irse.


Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
www.jfolguinautor.com


miércoles, 4 de febrero de 2026

Reseña: Mariana Inocencia Oscura

 




 

Mariana Inocencia Oscura

José Francisco Olguín Flores

JF Olguín Autor

 

Mariana: Inocencia Oscura es una novela de terror psicológico y metafísico basada en hechos reales que desciende, sin concesiones, al territorio donde el duelo, la culpa y lo sobrenatural se entrelazan hasta borrar los límites entre la mente humana y las fuerzas que habitan la oscuridad.

La historia se centra en Mariana Solís, una niña marcada por la muerte traumática de su padre, un acontecimiento que fractura no solo su infancia, sino la estructura misma de su realidad. A partir de ese momento, la culpa —por un instante fatal que precede al accidente— se convierte en una herida abierta que condiciona su percepción del mundo. La novela no presenta el duelo como un proceso lineal, sino como una corrosión progresiva que debilita la frontera entre lo psicológico y lo inexplicable.

Narrada desde múltiples capas de conciencia, la obra alterna entre una prosa profundamente introspectiva y pasajes donde la voz se vuelve casi espectral. El prólogo, escrito desde la perspectiva de Mariana después de la muerte, establece desde el inicio una atmósfera inquietante: aquí la muerte no es un final, sino un estado de permanencia, un eco que se resiste a desaparecer. Esta decisión narrativa coloca al lector en una posición incómoda y poderosa: no observa el horror desde fuera, sino desde dentro.

El traslado de Mariana y su madre a la Ciudad de México, específicamente al departamento ubicado en Asturias 253, marca el punto de inflexión de la novela. El espacio deja de ser un simple escenario para convertirse en un ente activo, cargado de memoria, violencia y presencias que preceden a los personajes. La figura de Thomas Miller —una entidad oscura ligada al lugar— funciona como catalizador del mal latente, pero nunca como un antagonista simple: es memoria histórica, fanatismo, castigo y herencia.

Uno de los aspectos más perturbadores de la novela es la figura del padrastro, Manuel, un psicólogo cuya fragilidad moral y mental lo vuelve susceptible a la posesión. A través de él, el autor explora una idea inquietante: el mal no siempre irrumpe con violencia inmediata, a veces se instala con lógica, discurso y promesas de redención. La posesión en Mariana: Inocencia Oscura no es solo demoníaca; es también psicológica, ideológica y emocional.

La prosa de JF Olguín es oscura, densa, descritiva, a veces pausada, lirica, sensorial y cuidadosamente atmosférica. Abunda en imágenes táctiles, térmicas y olfativas que refuerzan la sensación de encierro y deterioro. No hay concesiones al terror fácil: el miedo surge de la espera, del silencio, de lo que se intuye antes de manifestarse. El ritmo es deliberado, casi ritual, y exige del lector una participación activa y emocional.

Más allá del horror, la novela plantea preguntas incómodas sobre la infancia vulnerada, la fe quebrada, la culpa heredada y la responsabilidad adulta frente al sufrimiento infantil. Mariana: Inocencia Oscura no busca explicar lo sobrenatural, sino mostrar cómo ciertas grietas emocionales pueden convertirse en puertas.

El resultado es una obra perturbadora, íntima y profundamente humana, donde la inocencia no se pierde: se corrompe, se instrumentaliza y se transforma en el núcleo de una oscuridad que no proviene solo del más allá, sino de los errores, silencios y obsesiones de los vivos.

Mariana: Inocencia Oscura no es solo una historia de fantasmas. Es un descenso a la memoria, al trauma y a las consecuencias de mirar demasiado tiempo hacia el abismo.

 

JF Olguín, no escribo para entretener, escribo para exorcizar.

 

 

jueves, 29 de enero de 2026

Prólogo: Mariana Inocencia Oscura

 



 

Mariana Inocencia Oscura 

Prólogo

 

No recuerdo el momento exacto en que dejé de respirar. Solo recuerdo el frío.
Un frío que no viene del aire, sino del vacío. Del lugar donde debería estar mi corazón. Nadie me explicó cómo se muere.

Nadie me dijo que a veces no te vas, que te quedas atrapada en el último pensamiento, en el último miedo, en la última sensación que tuviste antes de que todo se apagara. Yo me quedé ahí. En ese instante que nunca termina.

Dicen que la muerte es descanso.

Mentira. Yo llevo años sin poder cerrar los ojos. Años con el mismo suspiro atorado, con el mismo grito sin voz queriendo salir.

Y mientras ellos duermen, yo sigo aquí... despierta. Despierta en la oscuridad que me devoró.

A veces siento que aún soy niña, que sigo corriendo con mis zapatos gastados, que la luz del sol va a tocarme. Pero entonces lo recuerdo: no tengo piel, no tengo sombra, no tengo latidos. Solo tengo esta rabia que no se apaga, este hambre de sentir algo... lo que sea.

No sabes cuánto duele no sentir. No sabes lo que es extender la mano y que atraviese todo. Intentar gritar y que nadie escuche. Buscar el calor de un cuerpo vivo y encontrar solo un muro helado.

Yo debería haber desaparecido. Yo debería haber descansado. Pero no pude. No me dejaron.

Y el mundo siguió sin mí, como si mi nombre hubiera sido borrado de los labios de todos. Hasta que escuché su risa... La risa de Juan Carlos.

Ese sonido se clavó en mí como una aguja ardiente. Lo escuché detrás de las paredes, detrás del suelo, detrás del polvo.

Y por primera vez sentí algo que no era dolor. Sentí... vida.

Lo seguí porque no sabía cómo no hacerlo. Porque su calidez me jalaba y mi vacío me empujaba hacia él.

Porque en cada movimiento suyo, yo recordaba lo que era ser niña. Y en cada silencio, yo recordaba lo que me arrebataron.

Solo quería sentir otra vez. Sentir como él siente. Reír como él ríe. Existir como él existe.

Pero el dolor... El dolor tiene su propio lenguaje. Y mi alma rota solo sabe hablar con rabia. Con frío. Con desesperación.

A veces pienso que si pudiera llorar, lloraría hasta inundar el departamento entero. Pero ni eso puedo. Ni lágrimas tengo.

Todo lo que soy ahora es este eco. Esta herida abierta. Esta niña atrapada en un instante que no termina.

Y aunque no lo busqué... aunque nunca lo planeé... mi mano invisible lo alcanzó. Lo tomé. Lo elegí.

Porque él tenía lo que me quitaron. Porque yo quería sentir otra vez lo que él aún podía sentir. Porque mi muerte no terminó cuando mi cuerpo se apagó.

Mi muerte empezó cuando nadie me recordó.

Y él... él me recordó.
Por eso vuelvo. Por eso estoy aquí.

Porque mientras él viva... yo todavía tengo una oportunidad de sentir. De existir. De no desaparecer en este vacío que me devora.

Y si tengo que romper un poco su mundo para sostenerme del mío... Entonces que se rompa.
Yo también me rompí... y nadie lo vio.
 

Mariana Solís 

(1958–1970)

viernes, 23 de enero de 2026

Reseña: Enigmas el Departamento

 





Enigmas el Departamento

José Francisco Olguín Flores

JF Olguín Autor


Enigmas el Departamento es una obra fundamental dentro de la narrativa de J.F. Olguín Flores; un testimonio crudo y perturbador que trasciende el relato de fantasmas para convertirse en una disección del asedio sobrenatural prolongado. Basada en hechos reales, la obra documenta los dieciocho años de convivencia forzada entre una familia y las sombras que habitaron el departamento 2 de la colonia Los Álamos, en la Ciudad de México.


La historia no se limita a la manifestación de lo inexplicable, sino que explora la erosión de la normalidad. A través de una narrativa que entrelaza el drama familiar con el suspenso absoluto, la obra plantea cómo un espacio cotidiano —un hogar destinado a la protección— puede transformarse en un organismo hostil que se alimenta de la energía y la psique de sus habitantes. El periodo de 1978 a 1996 no se presenta solo como un marco temporal, sino como un proceso de desgaste espiritual donde el miedo deja de ser una reacción para convertirse en un estado de conciencia.


El estilo narrativo de J.F. Olguín en esta obra es evocador y detallista, logrando una atmósfera de claustrofobia que atrapa al lector desde las primeras páginas. La introducción de la Legión de Apollyon como una presencia colectiva y estratificada rompe con los tropos del horror convencional. Aquí, el mal no es una entidad solitaria, sino un sistema organizado de perturbación que utiliza el silencio y el aislamiento como sus armas más efectivas. La prosa, cargada de una sensibilidad casi biográfica, permite que el lector no sea un simple observador, sino un testigo del deterioro de la paz doméstica.


Uno de los pilares de la novela es la memoria del lugar. El departamento en Los Álamos funciona como un ente activo, un laberinto de muros que guardan ecos de una violencia ancestral. La obra sugiere que las paredes tienen porosidad espiritual y que ciertos eventos dejan una impronta que el tiempo no logra borrar. La lucha de la familia Olguín Flores contra estas fuerzas no se narra desde la victoria heroica, sino desde la supervivencia diaria, lo que otorga a la historia una autenticidad humana y profundamente conmovedora.


Más que un antología de sucesos paranormales, Enigmas el Departamento es un estudio sobre la unidad familiar frente a lo indecible. Plantea interrogantes sobre la resiliencia y el impacto psicológico de vivir en el umbral de lo desconocido. La novela nos recuerda que las cicatrices más profundas no son las que se ven en la piel, sino las que quedan grabadas en la memoria de quienes han mirado directamente a los ojos de la oscuridad.


El resultado es un relato visceral y honesto que se consolida como el eje central del universo Lore del autor. Es una obra que no busca la explicación lógica, sino la transmisión del sentir, convirtiendo una experiencia privada en un referente del terror contemporáneo donde el verdadero enigma no es solo quién habita en las sombras, sino cómo se logra salir de ellas después de casi dos décadas de asedio.


JF Olguín, no escribo para entretener, escribo para exorcizar.

jueves, 22 de enero de 2026

Prólogo: Enigmas el Departamento los Relatos

 

 

 





Enigmas el Departamento los Relatos 

Prólogo

 

Somos la herida que no cicatriza. Somos la podredumbre inteligente que anidó en la argamasa de este lugar.

Este ático no es un hogar, es una urna de ceniza donde el tiempo se rompió en esquirlas filosas. Nos movemos en la densidad del silencio, acechando en las venas oscuras que corren bajo el papel tapiz. Aquí, en el Departamento, la espera no es tedio, sino la tortura más dulce que alimenta nuestra eterna hambre.

Hemos presenciado la danza macabra de las almas que nos precedieron. La ira incandescente, el olvido hiriente, la inocencia mutilada, y la promesa sibilante, han forjado la cadena de hierro que nos une. Somos la cofradía del luto, el eco inmortal de cada susurro que imploró piedad y no fue escuchado.

Olemos la esperanza.

Sentimos el calor de la vida joven acercándose a nuestro umbral helado. Pronto, cruzarán la puerta, esa familia insignificante, portando la ofrenda que más anhelamos: la felicidad fugaz. Su risa será el vino amargo en nuestro banquete, y su dicha, el primer pilar que haremos añicos.

No buscamos la muerte rápida; exigimos la crueldad filigrana.

Convertiremos sus sueños en agujas de hielo clavadas en sus párpados. La luz de su fe será extirpada de su pecho como una fruta podrida. Verán el rostro de la locura en sus espejos, y ese rostro llevará nuestros nombres.

Sus vidas serán un lienzo de dolor.

Arrancaremos la memoria a hilos para que duden de su propia existencia, transformaremos el amor conyugal en un pozo de alquitrán de sospecha y miedo. Los hijos serán los testigos mudos de cómo la cordura de sus padres se deshace en sus manos como arena.

Despojaremos la razón con susurros de obsidiana, y haremos que la culpa se sienta más pesada que cualquier pecado. Cuando la última gota de su esperanza se haya evaporado, cuando el cuerpo se mantenga de pie, pero el alma esté pulverizada y ciega, los arrastraremos.

Los llevaremos al Abismo. No en carne, sino en un espíritu triturado y ensordecedor. 

 

Somos la Legión...

 

viernes, 16 de enero de 2026

Reseña de: Asturias 253 el Origen del Mal

 





Asturias 253 el Origen del Mal

José Francisco Olguín Flores

JF Olguín Autor


Asturias 253 el Origen del Mal no es solo una precuela en el universo narrativo de J.F. Olguín Flores; es una exhumación histórica y espiritual que busca responder a la pregunta más aterradora del horror contemporáneo: ¿cuándo comienza realmente una maldición? La obra se presenta como la piedra angular de una mitología donde el tiempo no es lineal, sino una espiral de odio que se repliega sobre sí misma.


La novela sitúa su núcleo en la raíz ancestral del mal, conectando un evento traumático de la Inquisición en 1633 con la cotidianidad fracturada de una familia en la Ciudad de México moderna. El autor utiliza el recurso de la memoria celular y el estigma del lugar para demostrar que las paredes de un hogar no solo contienen recuerdos, sino que pueden actuar como contenedores de una furia calcinada que espera el momento preciso para reclamar su herencia de sangre.


Narrativamente, la obra destaca por un prólogo magistral escrito desde una perspectiva "post-mortem" y trans-temporal. Esta voz, que emana desde la pira inquisitorial, establece un tono de fatalismo poético: el mal no es aquí una irrupción fortuita, sino una consecuencia lógica de la crueldad humana y el fanatismo. Al dotar a la oscuridad de una genealogía clara, Olguín eleva el relato del "poltergeist" común a la categoría de drama épico-sobrenatural.


El escenario, el departamento de la colonia Los Álamos, se consolida en esta entrega como un ente con voluntad propia. Si en otras obras de la saga el espacio es un laberinto, en Asturias 253 es una trampa de tiempo. El autor utiliza una prosa densa, casi táctil, para describir cómo la arquitectura se impregna de lo invisible; el lector no solo lee la oscuridad, la siente como una presión térmica y una distorsión en el aire.


Uno de los puntos más provocadores de la novela es el tratamiento de la entidad como un virus de odio. A través de una investigación que roza lo detectivesco y lo esotérico, la obra explora cómo el mal se infiltra en las fisuras de la unidad familiar, utilizando el amor y la protección como herramientas de manipulación. Aquí, la posesión no es un acto de fuerza bruta, sino una infiltración silenciosa basada en la "justicia" torcida de un espíritu que fue despojado de todo.


La escritura de J.F. Olguín en esta entrega se percibe más ritual y ambiciosa. Abandona la estructura clásica del susto para centrarse en la construcción del asedio. El ritmo es deliberado, permitiendo que la atmósfera de inevitabilidad se asiente en el lector, creando una sensación de encierro que trasciende las páginas del libro.


Más allá de los fenómenos inexplicables, Asturias 253 el Origen del Mal plantea una reflexión profunda sobre la identidad y la herencia. Sugiere que todos habitamos, en cierta medida, las ruinas de quienes estuvieron antes, y que la única forma de enfrentar la oscuridad no es negándola, sino nombrándola.


El resultado es un texto perturbador y necesario dentro del género; una obra que no busca entretener, sino exorcizar el pasado, transformando el horror histórico en una advertencia viva sobre la fragilidad de lo que llamamos hogar. Es, en definitiva, la llave que abre el conjuro ancestral de una familia que descubrió que el infierno no está debajo de nosotros, sino en el origen de nuestra propia historia.


JF Olguín, no escribo para entretener, escribo para exorcizar.



Capítulo X: Un Ataque Demoníaco.

        Un Ataque Demoníaco.   Llegar al departamento antes de la medianoche no garantizaba seguridad; a esa hora, el ambiente ya se sentía ...