La Armadura del Miedo
Los días pasaban y el descanso dejó de ser un refugio para convertirse en una frontera de pesadilla. Ya no eran solo sombras lejanas o ruidos en el techo; algo había decidido empezar a reclamar nuestro cuerpo como evidencia de su presencia. Las noches se transformaron en un territorio de guerra donde la línea entre el sueño y la vigilia se borraba bajo el peso de una saña deliberada. Teníamos sueños extraños, tan vívidos que el terror se sentía físico, donde presencias sin rostro nos acechaban y nos tocaban con manos que dejaban una sensación de quemazón en la piel.
Una madrugada, el horror alcanzó una escala que la lógica no puede contener. Desperté, pero mi cuerpo no me pertenecía. Estaba atrapado en lo que los médicos llaman "parálisis del sueño", una desconexión aterradora donde la mente recobra la conciencia pero los músculos permanecen sepultados en una inmovilidad de piedra. Sentía una opresión asfixiante sobre mi pecho, como si un bloque de granito invisible me estuviera hundiendo en el colchón, impidiéndome gritar o siquiera mover la punta de los dedos.
En medio de esa rigidez desesperada, mis ojos eran lo único que conservaba voluntad. Con un esfuerzo sobrehumano, logré girar levemente la vista hacia el rincón de la habitación. Allí, fundida con la penumbra, estaba ella: una sombra más negra que la propia noche, una mancha de vacío absoluto que poseía dos puntos de un rojo encendido y malévolo. Mientras recuperaba lentamente el control de mi cuerpo, vi cómo esa figura se deslizaba con una fluidez antinatural, desvaneciéndose por las esquinas oscuras de la pared, como si la estructura misma del edificio la absorbiera.
En cuanto pude moverme, me llevé las manos al cuello. No era una sugestión; me dolía, me ardía con la intensidad de una brasa recién apagada. Salté de la cama y corrí al espejo de la habitación, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. Al encender la luz, el reflejo me devolvió la confirmación de mi desgracia: ahí, sobre mi piel infantil, estaban las marcas frescas y rojizas de unos dedos. Había sido tocado, agredido físicamente por algo que no debería existir. Mi mente de niño se llenó de preguntas sin respuesta que se clavaban como agujas: ¿Por qué a mí? ¿Qué quería de nosotros?
En ese momento mi hermano mayor despertó, yo no sabia cómo explicar pero antes de emitir una sonido o palabras de mi boca, él solo dijo: —apaga la luz que quiero dormir.
A partir de esa noche, la hora de dormir se convirtió en un ritual de supervivencia. El miedo se volvió tan tangible que mi lógica de cinco años dictó una estrategia de defensa desesperada. Cada noche, antes de apagar la luz, me transformaba en un pequeño guerrero acorazado contra lo invisible. Me colocaba un casco de fútbol americano para proteger mi cabeza, me ajustaba un chaleco salvavidas como si fuera una armadura de combate y me ponía gogles para que nada pudiera tocar mis ojos.
Completaba mi equipo con guantes, bufandas que cubrieran mi cuello y cualquier prenda que pudiera servir de barrera entre mi carne y esas manos de sombra. Así, envuelto en plástico, cuero y lana, intentaba conciliar un sueño que sabía que no sería tranquilo. Aquella imagen, la de un niño de cinco años durmiendo con un casco y un chaleco salvavidas, era el testimonio más desgarrador de nuestra realidad: en ese departamento, la infancia no se protegía con mantas, sino con la esperanza de que un casco de plástico fuera suficiente para detener a la muerte.
JF Olguín Autor
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