Un Ataque Demoníaco.
Llegar al departamento antes de la medianoche no garantizaba seguridad; a esa hora, el ambiente ya se sentía desolado, como si el aire mismo se hubiera retirado para dejar espacio a lo invisible. Tras cruzar la puerta de la calle, me esperaban esos doscientos metros de pasillo exterior que siempre recorría a muerte. Correr era la única opción cuando sabías que en las sombras de las escaleras y los rincones del edificio, los "entes" ya estaban posicionados, observando tu premura.
Entré al departamento con el corazón martilleando en las costillas. Mi hermano Juan Carlos despertó con el ruido. En medio de la penumbra de nuestro cuarto, intentó mantener la normalidad con preguntas cotidianas: "¿Cómo te fue?", "¿Te divertiste?". Pero la normalidad era un lujo que ya no poseíamos.
De pronto, el aire se cortó. Juan Carlos empezó a forcejear violentamente contra el colchón, sus manos subiendo a su cuello como si intentara arrancar unos dedos invisibles que lo estrangulaban. Sus ojos, desorbitados por el terror, buscaban los míos mientras emitía sonidos ahogados, suplicando una ayuda que yo no sabía cómo dar.
Antes de que pudiera reaccionar, el horror me alcanzó a mí. Sentí unas garras gélidas y poderosas cerrarse con una fuerza inhumana alrededor de mi cintura y mi cuello. Sin esfuerzo, como si yo no pesara nada, esa fuerza me elevó hasta el techo de la habitación. Por un instante eterno, quedé suspendido en el aire, rozando la superficie fría del techo, para luego ser azotado con violencia brutal sobre la cama.
El estruendo del golpe fue sepultado por un coro de voces desencajadas que llenaron el cuarto. Un alarido múltiple que se retorcía en el aire: "¡Son nuestros... son nuestros!".
El caos terminó cuando mi madre entró apresurada y encendió la luz. La claridad reveló el desastre: dos hermanos aterrados, pálidos, con las marcas del asedio aún vibrando en el cuerpo. El silencio que siguió no fue de paz, sino de derrota. Esa noche comprendimos que no importaba cuánto corriéramos por el pasillo; el mal ya dormía en nuestra propia habitación.