El Baño de la Condena
Aquella tarde, el ambiente en el pasillo era distinto. No era solo el frío, era un olor fétido, una mezcla de humedad estancada y algo que se pudre lentamente, lo que me avisó que no estaba solo. Decidí ignorarlo y meterme a bañar para intentar sacudirme el miedo.
Mientras estaba en la tina, el vapor comenzó a enfriarse de golpe. Entonces los escuché: esos ruidos guturales, como un borboteo que salía de las paredes. Antes de que pudiera reaccionar, sentí una fuerza invisible y pesada sobre mis hombros. Algo me empujó hacia el fondo de la tina.
El agua, que segundos antes era mi refugio, se convirtió en mi prisión. Luchaba por salir, pero mis manos infantiles no encontraban de dónde sujetarse; el peso sobre mí era absoluto. En un esfuerzo desesperado, logré sacar la cabeza apenas un segundo. No pude gritar, el miedo me había robado la voz, pero solté una exhalación fuerte y ronca, un sonido de auxilio que, por fortuna, mi padre escuchó desde el pasillo.
—¡Francisco! —gritó él desde el otro lado.
Intentó abrir, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Yo sabía que no le había echado el seguro. Escuché el estruendo de la madera crujiendo. Mi padre, cargando todo su peso sobre el hombro, golpeó la puerta una y otra vez hasta que la cerradura cedió y salió disparada.
Me sacó de la tina, temblando y asfixiado, y me envolvió en un abrazo que olía a seguridad, aunque sus primeras palabras fueron de regaño: —¿Por qué cerraste la puerta con seguro? Te pudiste haber ahogado. —Papá... yo no la cerré —alcancé a decir entre sollozos.
Él se quedó callado, mirando la cerradura rota y el espejo empañado donde la humedad parecía formar figuras que no eran las nuestras. A partir de ese día, el baño dejó de ser un lugar privado. El miedo a que se cerrara solo era tan real que mi padre tuvo que cambiar el sistema: quitó la cerradura y colocó una aldaba para asegurarse de que no se atascara la puerta nuevamente.
Pero después de ese día nada fue igual en aquel baño. Las llaves del agua de la regadera y el lavabo se abrían solas; se prendía la luz por las noches y la puerta se cerraba sola por dentro, incluso con la aldaba puesta. Teníamos que abrir la puerta metiendo un cuchillo para levantar dicha aldaba. En ocasiones se escuchaban ruidos, como si alguien estuviera allí o se estuviera bañando.
Era muy complicado ir al baño solo. A partir de ahí, cuando mi hermano y yo estábamos solos en el departamento, entrábamos juntos para protegernos y acompañarnos; incluso empezamos a bañarnos juntos. Ya un poco más grandes, en la regadera, los sonidos extraños no dejaban de escucharse; entonces metíamos una grabadora al baño, colocábamos un cassette y subíamos el volumen lo más que podíamos para no oír nada más. Sin embargo, cuando alguna canción tenía una palabra altisonante o grosera, la música se paraba automáticamente: algo presionaba el botón de stop o incluso la desenchufaba. Esto dio paso a nuevos eventos, donde los objetos parecían cobrar vida y, con ello, se incrementaron los ataques…
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