El Sillón Maldito
La tregua después del incidente en la tina fue un espejismo. El departamento no solo quería nuestra voz; ahora parecía alimentarse de nuestro cansancio. En la sala, entre la penumbra que siempre ganaba terreno a las lámparas, se erigía aquel sillón individual. Era un mueble extraño, de una comodidad hipnótica que, más que invitar al descanso, parecía inducir un letargo pesado, una somnolencia que te nublaba el juicio apenas te dejabas caer en su respaldo.
Aquella tarde, el aire pesaba más de lo normal. Busqué refugio en el sillón, intentando cerrar los ojos para ignorar el frío que subía por mis tobillos. Pero el descanso no llegó. Lo que sentí fue una sacudida violenta, un crujido de madera que no provenía del piso, sino de las entrañas mismas del mueble. El sillón, bajo mi propio peso, comenzó a vibrar con una furia viva, lanzándome contra el respaldo una y otra vez como si intentara expulsarme o, peor aún, devorarme.
Luché por levantarme, pero mis extremidades pesaban como el plomo. Fue entonces cuando lo sentí: un latido. Un pulso rítmico, cálido y constante que golpeaba mi espalda a través del tapiz. El sillón tenía corazón. El miedo me dio la fuerza que el sueño me había robado. Me puse de pie de un salto, con el corazón en la garganta, y fue ahí donde las vi: unas huellas húmedas, de un agua estancada y grisácea, marcaban el camino desde el sillón hasta la puerta del baño.
Como si una voluntad ajena manejara mis pasos, caminé hacia el umbral. El vapor de una regadera que nadie había abierto inundaba el pasillo. Entré, buscando respuestas en el espejo empañado por ese calor artificial. Con la mano temblorosa, limpié el cristal para buscar mi rostro, para asegurarme de que seguía ahí.
Pero el reflejo que me devolvió el espejo no fue el de un niño aterrado.
Enmarcada en el cristal, me miraba una mujer anciana. Su piel era una red de arrugas profundas y sus ojos, cargados de una malevolencia centenaria, se clavaron en los míos con una sonrisa que no era humana. El horror me paralizó los pulmones, pero el sonido que siguió fue el golpe final: el chirrido metálico de la aldaba moviéndose por fuera.
Antes de que pudiera gritar, la puerta del baño comenzó a cerrarse lentamente, con una parsimonia cruel. Vi con desesperación cómo la rendija de luz del pasillo se hacía cada vez más delgada, mientras el reflejo de la vieja en el espejo se ensanchaba, celebrando mi encierro. El golpe seco de la madera contra el marco selló mi destino. Estaba solo, en la oscuridad, con algo que no era yo.
Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores
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