jueves, 16 de abril de 2026

Capítulo X: Un Ataque Demoníaco.

 

 


 

 

Un Ataque Demoníaco.

 

Llegar al departamento antes de la medianoche no garantizaba seguridad; a esa hora, el ambiente ya se sentía desolado, como si el aire mismo se hubiera retirado para dejar espacio a lo invisible. Tras cruzar la puerta de la calle, me esperaban esos doscientos metros de pasillo exterior que siempre recorría a muerte. Correr era la única opción cuando sabías que en las sombras de las escaleras y los rincones del edificio, los "entes" ya estaban posicionados, observando tu premura.

Entré al departamento con el corazón martilleando en las costillas. Mi hermano Juan Carlos despertó con el ruido. En medio de la penumbra de nuestro cuarto, intentó mantener la normalidad con preguntas cotidianas: "¿Cómo te fue?", "¿Te divertiste?". Pero la normalidad era un lujo que ya no poseíamos.

De pronto, el aire se cortó. Juan Carlos empezó a forcejear violentamente contra el colchón, sus manos subiendo a su cuello como si intentara arrancar unos dedos invisibles que lo estrangulaban. Sus ojos, desorbitados por el terror, buscaban los míos mientras emitía sonidos ahogados, suplicando una ayuda que yo no sabía cómo dar.

Antes de que pudiera reaccionar, el horror me alcanzó a mí. Sentí unas garras gélidas y poderosas cerrarse con una fuerza inhumana alrededor de mi cintura y mi cuello. Sin esfuerzo, como si yo no pesara nada, esa fuerza me elevó hasta el techo de la habitación. Por un instante eterno, quedé suspendido en el aire, rozando la superficie fría del techo, para luego ser azotado con violencia brutal sobre la cama.

El estruendo del golpe fue sepultado por un coro de voces desencajadas que llenaron el cuarto. Un alarido múltiple que se retorcía en el aire: "¡Son nuestros... son nuestros!".

El caos terminó cuando mi madre entró apresurada y encendió la luz. La claridad reveló el desastre: dos hermanos aterrados, pálidos, con las marcas del asedio aún vibrando en el cuerpo. El silencio que siguió no fue de paz, sino de derrota. Esa noche comprendimos que no importaba cuánto corriéramos por el pasillo; el mal ya dormía en nuestra propia habitación.

 

  

Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
www.jfolguinautor.com

 

viernes, 10 de abril de 2026

Capítulo IX: Manifestación de Poder

 

 


 

 Manifestación de Poder

 

Lo que empezó con el sutil roce de un bolígrafo cayendo al suelo o el clic de una puerta entornándose, pronto escaló a una coreografía del terror que desafiaba toda lógica física. En aquel departamento, los objetos no solo se movían; parecían haber cobrado una voluntad perversa. Pero nada nos preparó para aquel día especial, cuando la familia se reunía para comer y mis dos abuelas estaban presentes.

El aire, ya de por sí cargado, se espesó de golpe. Sin que nadie lo tocara, la puerta del baño se azotó con una violencia inhumana, cerrándose por dentro como si un inquilino invisible buscara privacidad para su maldad. De inmediato, el caos eléctrico se desató: el disco del teléfono antiguo empezó a girar frenéticamente, marcando números al vacío, mientras el radio estallaba en una cacofonía de estática y voces fragmentadas, saltando de una estación a otra como si unas manos invisibles buscaran desesperadamente una frecuencia desde el más allá.

Mis abuelas, dos pilares de fe y carácter, se plantaron como escudos humanos frente a nosotros. Mi abuela materna, con una autoridad que parecía vibrar en las paredes, gritó al vacío: "¡Largo de aquí, esta no es su casa!". Al mismo tiempo, mi abuela paterna, con el rosario ya enredado en sus dedos temblorosos pero firmes, inició un rezo que competía con el estruendo de los objetos azotándose dentro del baño.

Entonces, el aire se heló con un alarido múltiple. No era una sola voz, era un coro de sombras que se repetía en un eco deforme: "Son nuestros... son nuestros...". Las voces parecían brotar de las grietas, de todos lados, incluso de nuestra propia sangre.

Cuando mi madre salió de la cocina y se unió a ellas en ese frente de resistencia, el estrépito cesó de golpe. El silencio que siguió fue más aterrador que el ruido; un vacío denso donde las advertencias de mis abuelas resonaban con una verdad nueva y amarga: "El diablo vive aquí". Nos sentamos a la mesa, pero el hambre se había podrido. Aquella tarde no solo se movieron los muebles; nuestra fe estuvo a prueba.

 

 

Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
www.jfolguinautor.com

 

viernes, 3 de abril de 2026

Capítulo VIII: La Posesión.


 

La Posesión

 

La transformación de lo cotidiano en lo grotesco fue una enfermedad sigilosa que se instaló en nuestro departamento de la colonia Los Álamos. Mi hermana, cuya presencia siempre había sido mi refugio, comenzó a desvanecerse ante mis ojos. Su palidez ya no era humana; era el tono de la cera vieja, de algo que ha dejado de recibir luz.

El aire en su habitación cambió drásticamente. Ya no olía a hogar, sino a un moho ancestral, a una descomposición que parecía brotar de las mismas paredes. Ella pasaba horas en un aislamiento absoluto, pero el silencio era una mentira. Desde el pasillo, con el oído pegado a la madera fría de la puerta, se escuchaban susurros. No era ella hablando sola; era una letanía en un dialecto extraño que hacía que los vellos de mis brazos se erizaran. Parecía debatir con una presencia invisible que devoraba el espacio.

La noche del quiebre definitivo, el aire pesaba tanto que costaba respirar. Al encontrarla, la escena desafió mi cordura: Susy no estaba simplemente enferma, estaba siendo habitada por algo más. En el suelo, su cuerpo se arqueaba en ángulos imposibles, con la cabeza inclinada hacia un lado de una forma que los huesos no deberían permitir. Sus gritos no eran de dolor físico, eran alaridos de un alma que estaba siendo expulsada de su propio templo.

Cuando sus ojos se clavaron en los míos, el mundo se detuvo. Ya no eran los ojos de mi hermana; eran pozos de negrura absoluta, un vacío inteligente y antiguo que me observaba con un desprecio infinito. Entonces, con una fuerza inhumana que no le pertenecía, me agarró del brazo y sentí el frío de la muerte.

—"Todos morirán…"— pareció gruñir aquella presencia.

En ese instante, comprendí que un demonio no solo acechaba en las sombras del pasillo, sino que había encontrado en el cuerpo de Susy una forma de carne para manifestar su odio. La posesión no era un cuento; era el grito de mi hermana prisionera en una cárcel de carne que ya no le pertenecía.


  

 

Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
www.jfolguinautor.com

 

Capítulo X: Un Ataque Demoníaco.

        Un Ataque Demoníaco.   Llegar al departamento antes de la medianoche no garantizaba seguridad; a esa hora, el ambiente ya se sentía ...