miércoles, 18 de febrero de 2026

Capítulo II: La Forma que Habitó su Cuerpo

 


 

La Forma que Habitó su Cuerpo


Mi hermana, en ocasiones, se comportaba de manera extraña, como si estuviera ligada a sucesos que nadie más parecía percibir.


Una noche, mientras el departamento descansaba en un silencio espeso, escuché ruidos provenientes de la cocina. No eran golpes ni pasos definidos, sino algo irregular, casi orgánico. Cada avance hacia el pasillo hacía que el frío me recorriera por dentro, como si el aire hubiese olvidado cómo ser tibio.

Al llegar, la vi de espaldas. La cabeza inclinada hacia un lado, demasiado fija, demasiado quieta. Murmuraba en voz baja, repitiendo los mismos sonidos que me habían llevado hasta allí.

—Hermanita… ¿estás bien?

La pregunta no cayó; quedó suspendida entre nosotros.

El murmullo cesó.

Con una lentitud impropia de ella, comenzó a girar.

Cuando su rostro quedó frente a mí, entendí que algo no encajaba. Sus ojos, completamente negros, no reflejaban luz. La cabeza permanecía torcida en un ángulo imposible, como si el cuello hubiera cedido a una voluntad distinta.

Avanzó.

No había prisa en sus movimientos. Eran pausados, casi mecánicos, pero decididos. Di un paso atrás. Luego otro. El pasillo se volvió más estrecho de lo que recordaba.

Su mano se cerró sobre mi brazo.

No parecía fuerte. Sin embargo, mis huesos crujieron bajo la presión. Me arrastró hacia la ventana con una determinación muda, como si mi peso no significara nada. El vidrio vibró cuando mi espalda lo golpeó.

Algo en mí reaccionó tarde. Logré zafarme y corrí hacia mi cuarto sin mirar atrás.

Esa imagen quedó adherida a mi memoria: la curvatura antinatural de su cabeza, la negrura absoluta de sus ojos… y esa sonrisa apenas insinuada, torcida, consciente.

Después de aquella noche, el departamento dejó de ser un lugar. Se convirtió en una espera.

Las paredes parecían retener sonidos que nadie más escuchaba. A veces me detenía en medio del pasillo con la certeza de que algo respiraba detrás de mí. No necesitaba verlo para saber que estaba allí.

Días después, los ruidos volvieron a surgir desde la cocina.

El mismo murmullo.

La misma cadencia.

Me acerqué sin encender la luz. Allí estaba otra vez: de espaldas, la cabeza inclinada.

Esta vez no pregunté nada.

Corrí hacia su habitación y entré bruscamente, cerrando la puerta con el cuerpo.

Entonces la vi.

Dormía profundamente. Su respiración era lenta, regular. Una mano colgaba fuera de la cama, inmóvil.

Me quedé sentado en el suelo, bloqueando la puerta, escuchando mi propia respiración romper el silencio.

Si ella estaba allí…

¿quién estaba en la cocina?

No era una confusión.

No era imaginación.

Lo comprendí con una claridad helada:

Aquello no intentaba dañarnos.

Intentaba ocupar su lugar.

Y mientras mi hermana dormía, ajena a todo, lo vi.

Entre las paredes.

No fue un movimiento brusco ni una aparición repentina. Fue más bien una densidad distinta en la sombra, una silueta que comenzó a desprenderse del muro como si siempre hubiera estado allí, esperando.

Un hombre.

Vestido de negro.

Su figura era alta, inmóvil, recortada apenas por la penumbra del pasillo. No distinguía su rostro con claridad, pero sentí su mirada antes de comprenderla. Una mirada fija, penetrante… consciente.

Y entonces sonrió.

No era una sonrisa amplia. Era mínima. Precisa. Suficiente.

Las sombras comenzaron a absorberlo lentamente, como si la pared lo reclamara de vuelta. Su contorno se diluyó, su forma se fragmentó en oscuridad, hasta que no quedó nada… salvo el silencio.


Me quedé inmóvil, mientras una sola pregunta comenzaba a abrirse paso en mi mente: ¿quién habita realmente este lugar?



Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
www.jfolguinautor.com





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