viernes, 20 de marzo de 2026

Capítulo VI: El Sillón Maldito

 




El Sillón Maldito


La tregua después del incidente en la tina fue un espejismo. El departamento no solo quería nuestra voz; ahora parecía alimentarse de nuestro cansancio. En la sala, entre la penumbra que siempre ganaba terreno a las lámparas, se erigía aquel sillón individual. Era un mueble extraño, de una comodidad hipnótica que, más que invitar al descanso, parecía inducir un letargo pesado, una somnolencia que te nublaba el juicio apenas te dejabas caer en su respaldo.

Aquella tarde, el aire pesaba más de lo normal. Busqué refugio en el sillón, intentando cerrar los ojos para ignorar el frío que subía por mis tobillos. Pero el descanso no llegó. Lo que sentí fue una sacudida violenta, un crujido de madera que no provenía del piso, sino de las entrañas mismas del mueble. El sillón, bajo mi propio peso, comenzó a vibrar con una furia viva, lanzándome contra el respaldo una y otra vez como si intentara expulsarme o, peor aún, devorarme.

Luché por levantarme, pero mis extremidades pesaban como el plomo. Fue entonces cuando lo sentí: un latido. Un pulso rítmico, cálido y constante que golpeaba mi espalda a través del tapiz. El sillón tenía corazón. El miedo me dio la fuerza que el sueño me había robado. Me puse de pie de un salto, con el corazón en la garganta, y fue ahí donde las vi: unas huellas húmedas, de un agua estancada y grisácea, marcaban el camino desde el sillón hasta la puerta del baño.

Como si una voluntad ajena manejara mis pasos, caminé hacia el umbral. El vapor de una regadera que nadie había abierto inundaba el pasillo. Entré, buscando respuestas en el espejo empañado por ese calor artificial. Con la mano temblorosa, limpié el cristal para buscar mi rostro, para asegurarme de que seguía ahí.

Pero el reflejo que me devolvió el espejo no fue el de un niño aterrado.

Enmarcada en el cristal, me miraba una mujer anciana. Su piel era una red de arrugas profundas y sus ojos, cargados de una malevolencia centenaria, se clavaron en los míos con una sonrisa que no era humana. El horror me paralizó los pulmones, pero el sonido que siguió fue el golpe final: el chirrido metálico de la aldaba moviéndose por fuera.

Antes de que pudiera gritar, la puerta del baño comenzó a cerrarse lentamente, con una parsimonia cruel. Vi con desesperación cómo la rendija de luz del pasillo se hacía cada vez más delgada, mientras el reflejo de la vieja en el espejo se ensanchaba, celebrando mi encierro. El golpe seco de la madera contra el marco selló mi destino. Estaba solo, en la oscuridad, con algo que no era yo.



Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
www.jfolguinautor.com

viernes, 13 de marzo de 2026

Capítulo V: El Baño de la Condena

 





El Baño de la Condena


Si pensaba que después de "La Forma que habitó su cuerpo capítulo II" el departamento me daría tregua, estaba equivocado. Aquella presencia no solo acechaba mis sueños; empezó a reclamar los muebles, el aire y mi propia respiración durante el día.

Aquella tarde, el ambiente en el pasillo era distinto. No era solo el frío, era un olor fétido, una mezcla de humedad estancada y algo que se pudre lentamente, lo que me avisó que no estaba solo. Decidí ignorarlo y meterme a bañar para intentar sacudirme el miedo.

Mientras estaba en la tina, el vapor comenzó a enfriarse de golpe. Entonces los escuché: esos ruidos guturales, como un borboteo que salía de las paredes. Antes de que pudiera reaccionar, sentí una fuerza invisible y pesada sobre mis hombros. Algo me empujó hacia el fondo de la tina.

El agua, que segundos antes era mi refugio, se convirtió en mi prisión. Luchaba por salir, pero mis manos infantiles no encontraban de dónde sujetarse; el peso sobre mí era absoluto. En un esfuerzo desesperado, logré sacar la cabeza apenas un segundo. No pude gritar, el miedo me había robado la voz, pero solté una exhalación fuerte y ronca, un sonido de auxilio que, por fortuna, mi padre escuchó desde el pasillo.

—¡Francisco! —gritó él desde el otro lado.

Intentó abrir, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Yo sabía que no le había echado el seguro. Escuché el estruendo de la madera crujiendo. Mi padre, cargando todo su peso sobre el hombro, golpeó la puerta una y otra vez hasta que la cerradura cedió y salió disparada.

Me sacó de la tina, temblando y asfixiado, y me envolvió en un abrazo que olía a seguridad, aunque sus primeras palabras fueron de regaño: —¿Por qué cerraste la puerta con seguro? Te pudiste haber ahogado. —Papá... yo no la cerré —alcancé a decir entre sollozos.

Él se quedó callado, mirando la cerradura rota y el espejo empañado donde la humedad parecía formar figuras que no eran las nuestras. A partir de ese día, el baño dejó de ser un lugar privado. El miedo a que se cerrara solo era tan real que mi padre tuvo que cambiar el sistema: quitó la cerradura y colocó una aldaba para asegurarse de que no se atascara la puerta nuevamente.

Pero después de ese día nada fue igual en aquel baño. Las llaves del agua de la regadera y el lavabo se abrían solas; se prendía la luz por las noches y la puerta se cerraba sola por dentro, incluso con la aldaba puesta. Teníamos que abrir la puerta metiendo un cuchillo para levantar dicha aldaba. En ocasiones se escuchaban ruidos, como si alguien estuviera allí o se estuviera bañando.

Era muy complicado ir al baño solo. A partir de ahí, cuando mi hermano y yo estábamos solos en el departamento, entrábamos juntos para protegernos y acompañarnos; incluso empezamos a bañarnos juntos. Ya un poco más grandes, en la regadera, los sonidos extraños no dejaban de escucharse; entonces metíamos una grabadora al baño, colocábamos un cassette y subíamos el volumen lo más que podíamos para no oír nada más. Sin embargo, cuando alguna canción tenía una palabra altisonante o grosera, la música se paraba automáticamente: algo presionaba el botón de stop o incluso la desenchufaba. Esto dio paso a nuevos eventos, donde los objetos parecían cobrar vida y, con ello, se incrementaron los ataques…




Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor
www.jfolguinautor.com

viernes, 6 de marzo de 2026

Capítulo IV: La Armadura del Miedo






La Armadura del Miedo

Los días pasaban y el descanso dejó de ser un refugio para convertirse en una frontera de pesadilla. Ya no eran solo sombras lejanas o ruidos en el techo; algo había decidido empezar a reclamar nuestro cuerpo como evidencia de su presencia. Las noches se transformaron en un territorio de guerra donde la línea entre el sueño y la vigilia se borraba bajo el peso de una saña deliberada. Teníamos sueños extraños, tan vívidos que el terror se sentía físico, donde presencias sin rostro nos acechaban y nos tocaban con manos que dejaban una sensación de quemazón en la piel.

Una madrugada, el horror alcanzó una escala que la lógica no puede contener. Desperté, pero mi cuerpo no me pertenecía. Estaba atrapado en lo que los médicos llaman "parálisis del sueño", una desconexión aterradora donde la mente recobra la conciencia pero los músculos permanecen sepultados en una inmovilidad de piedra. Sentía una opresión asfixiante sobre mi pecho, como si un bloque de granito invisible me estuviera hundiendo en el colchón, impidiéndome gritar o siquiera mover la punta de los dedos.

En medio de esa rigidez desesperada, mis ojos eran lo único que conservaba voluntad. Con un esfuerzo sobrehumano, logré girar levemente la vista hacia el rincón de la habitación. Allí, fundida con la penumbra, estaba ella: una sombra más negra que la propia noche, una mancha de vacío absoluto que poseía dos puntos de un rojo encendido y malévolo. Mientras recuperaba lentamente el control de mi cuerpo, vi cómo esa figura se deslizaba con una fluidez antinatural, desvaneciéndose por las esquinas oscuras de la pared, como si la estructura misma del edificio la absorbiera.

En cuanto pude moverme, me llevé las manos al cuello. No era una sugestión; me dolía, me ardía con la intensidad de una brasa recién apagada. Salté de la cama y corrí al espejo de la habitación, con el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. Al encender la luz, el reflejo me devolvió la confirmación de mi desgracia: ahí, sobre mi piel infantil, estaban las marcas frescas y rojizas de unos dedos. Había sido tocado, agredido físicamente por algo que no debería existir. Mi mente de niño se llenó de preguntas sin respuesta que se clavaban como agujas: ¿Por qué a mí? ¿Qué quería de nosotros?

En ese momento mi hermano mayor despertó, yo no sabia cómo explicar pero antes de emitir una sonido o palabras de mi boca, él solo dijo: —apaga la luz que quiero dormir.

A partir de esa noche, la hora de dormir se convirtió en un ritual de supervivencia. El miedo se volvió tan tangible que mi lógica de cinco años dictó una estrategia de defensa desesperada. Cada noche, antes de apagar la luz, me transformaba en un pequeño guerrero acorazado contra lo invisible. Me colocaba un casco de fútbol americano para proteger mi cabeza, me ajustaba un chaleco salvavidas como si fuera una armadura de combate y me ponía gogles para que nada pudiera tocar mis ojos.

Completaba mi equipo con guantes, bufandas que cubrieran mi cuello y cualquier prenda que pudiera servir de barrera entre mi carne y esas manos de sombra. Así, envuelto en plástico, cuero y lana, intentaba conciliar un sueño que sabía que no sería tranquilo. Aquella imagen, la de un niño de cinco años durmiendo con un casco y un chaleco salvavidas, era el testimonio más desgarrador de nuestra realidad: en ese departamento, la infancia no se protegía con mantas, sino con la esperanza de que un casco de plástico fuera suficiente para detener a la muerte.




Una historia basada en hechos reales
En memoria a Susana Olguín Flores


José Francisco Olguín Flores
JF Olguín Autor

www.jfolguinautor.com 

Capítulo VI: El Sillón Maldito

  El Sillón Maldito La tregua después del incidente en la tina fue un espejismo. El departamento no solo quería nuestra voz; ahora parecía a...