Asturias 253 El origen del mal
Prólogo
Solo recuerdo el silencio que se hizo antes de la pira. Un silencio que no era respeto, sino la condena más profunda. Dijeron que me quemaban para silenciar mi verdad, para extinguir la voz que no podían controlar. Pero ese fuego no fue una purificación; fue una puerta abierta. Abierta a una rabia que no necesita pulmones para gritar.
Mi existencia es un grito sordo que no encuentra la salida de mis costillas calcinadas. El aire que no respiro es un veneno lento, un óxido que me corroe desde 1633. Yo no estoy muerto; soy la autopsia de un alma a la que le negaron el cielo y la tierra.
No recuerdo el dolor exacto en que mi carne se apagó, pero llevo siglos sintiendo el brutalismo real de mi condena. Un vacío absoluto en las sombras lejos de la palabra, llano de todo y es saber que mi amada se fue sin mi mano para sostenerla. Que mi sangre, mi linaje, no nació y creció sin el eco de mi nombre. La Inquisición no solo quemó mi cuerpo; entre las brazas, emana el incendio de mi odio. Y lo que el fuego no consumió, creció entre cenizas para convertirse en mi nueva alma: la maldad que no se extingue. Esa es la verdadera hoguera que aún me consume, la única brutalidad que no puedo silenciar.
Ellos llamaron a mi muerte "justicia". Yo la llamo eternidad impuesta. ¿Cómo se muere un hombre cuando su único delito fue ver más allá? No te vas. Te quedas atascado en la última imagen, en la certeza de la hipocresía que te juzgó, en la impotencia de no poder proteger a los míos.
Y entonces... vino el fuego. El silencio que se hizo antes de la pira no era respeto, sino la condena más profunda. Dijeron que me quemaban para silenciar mi verdad, para extinguir la voz que no podían controlar. Pero ese fuego no fue una purificación; fue una puerta abierta. Abierta a una rabia que no necesita pulmones para gritar.
Yo llevo siglos sin poder purificar este rencor. Siglos con el mismo juramento atorado en la garganta, con el mismo desprecio sin voz queriendo salir. Y mientras ellos construyen templos sobre mi sepulcro, yo sigo aquí... despierto. Despierto en la oscuridad que prometí.
No sabes cuánto duele la injusticia de la fe impuesta. No sabes lo que es extender la voluntad y que atraviese siglos. Intentar reclamar la simiente y el linaje que me fue robado y encontrar solo la burla de una fe ciega.
Yo debería haber desaparecido en el humo. Pero no pude. Y la Inquisición siguió sin mí, como si mi nombre hubiera sido borrado.
Hasta que escuché el susurro. El eco de mi propia condena, Apollyon.
Esa palabra se clavó en mí como una aguja negra. Lo escuché detrás de la pira, detrás del infierno, detrás de mi propia condena. Y por primera vez sentí algo que no era dolor ni fe. Sentí... Poder.
Lo seguí porque ya no sabía cómo continuar. Porque su promesa de libertad me jalaba y mi odio ancestral me empujaba hacia él. Porque en cada rito, yo recordaba lo que era tener una causa. Y en cada acto de profanación, recordaba lo que me arrebataron.
Solo quería sentir otra vez. Sentir el control que el fraile me quitó. Destruir como él destruye. Existir como él existe. Pero el pacto... El pacto tiene su propio lenguaje. Y mi alma solo sabe hablar con ira. Con desprecio. Con la necesidad de un linaje que me vindique.
Todo lo que soy ahora es este origen. Esta grieta abierta. Este puritano condenado en un instante que no termina.
Y aunque no lo busqué... mi voluntad fría los alcanzó. Los tomé. Los elegí.
Porque ellos tenían lo que yo perdí: la vida para corromper. Porque mi muerte no terminó cuando mi cuerpo se hizo humo. Mi muerte empezó cuando me negaron el futuro. Y el departamento... Asturias 253... él me permitió volver.

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