jueves, 29 de enero de 2026

Prólogo: Mariana Inocencia Oscura

 

 

Mariana Inocencia Oscura 

Prólogo

 

No recuerdo el momento exacto en que dejé de respirar. Solo recuerdo el frío.
Un frío que no viene del aire, sino del vacío. Del lugar donde debería estar mi corazón. Nadie me explicó cómo se muere.

Nadie me dijo que a veces no te vas, que te quedas atrapada en el último pensamiento, en el último miedo, en la última sensación que tuviste antes de que todo se apagara. Yo me quedé ahí. En ese instante que nunca termina.

Dicen que la muerte es descanso.

Mentira. Yo llevo años sin poder cerrar los ojos. Años con el mismo suspiro atorado, con el mismo grito sin voz queriendo salir.

Y mientras ellos duermen, yo sigo aquí... despierta. Despierta en la oscuridad que me devoró.

A veces siento que aún soy niña, que sigo corriendo con mis zapatos gastados, que la luz del sol va a tocarme. Pero entonces lo recuerdo: no tengo piel, no tengo sombra, no tengo latidos. Solo tengo esta rabia que no se apaga, este hambre de sentir algo... lo que sea.

No sabes cuánto duele no sentir. No sabes lo que es extender la mano y que atraviese todo. Intentar gritar y que nadie escuche. Buscar el calor de un cuerpo vivo y encontrar solo un muro helado.

Yo debería haber desaparecido. Yo debería haber descansado. Pero no pude. No me dejaron.

Y el mundo siguió sin mí, como si mi nombre hubiera sido borrado de los labios de todos. Hasta que escuché su risa... La risa de Juan Carlos.

Ese sonido se clavó en mí como una aguja ardiente. Lo escuché detrás de las paredes, detrás del suelo, detrás del polvo.

Y por primera vez sentí algo que no era dolor. Sentí... vida.

Lo seguí porque no sabía cómo no hacerlo. Porque su calidez me jalaba y mi vacío me empujaba hacia él.

Porque en cada movimiento suyo, yo recordaba lo que era ser niña. Y en cada silencio, yo recordaba lo que me arrebataron.

Solo quería sentir otra vez. Sentir como él siente. Reír como él ríe. Existir como él existe.

Pero el dolor... El dolor tiene su propio lenguaje. Y mi alma rota solo sabe hablar con rabia. Con frío. Con desesperación.

A veces pienso que si pudiera llorar, lloraría hasta inundar el departamento entero. Pero ni eso puedo. Ni lágrimas tengo.

Todo lo que soy ahora es este eco. Esta herida abierta. Esta niña atrapada en un instante que no termina.

Y aunque no lo busqué... aunque nunca lo planeé... mi mano invisible lo alcanzó. Lo tomé. Lo elegí.

Porque él tenía lo que me quitaron. Porque yo quería sentir otra vez lo que él aún podía sentir. Porque mi muerte no terminó cuando mi cuerpo se apagó.

Mi muerte empezó cuando nadie me recordó.

Y él... él me recordó.
Por eso vuelvo. Por eso estoy aquí.

Porque mientras él viva... yo todavía tengo una oportunidad de sentir. De existir. De no desaparecer en este vacío que me devora.

Y si tengo que romper un poco su mundo para sostenerme del mío... Entonces que se rompa.
Yo también me rompí... y nadie lo vio.
 

Mariana Solís 

(1958–1970)

jueves, 22 de enero de 2026

Prólogo: Enigmas el Departamento los Relatos

 

 

 



Enigmas el Departamento los Relatos 

Prólogo

 

Somos la herida que no cicatriza. Somos la podredumbre inteligente que anidó en la argamasa de este lugar.

Este ático no es un hogar, es una urna de ceniza donde el tiempo se rompió en esquirlas filosas. Nos movemos en la densidad del silencio, acechando en las venas oscuras que corren bajo el papel tapiz. Aquí, en el Departamento, la espera no es tedio, sino la tortura más dulce que alimenta nuestra eterna hambre.

Hemos presenciado la danza macabra de las almas que nos precedieron. La ira incandescente, el olvido hiriente, la inocencia mutilada, y la promesa sibilante, han forjado la cadena de hierro que nos une. Somos la cofradía del luto, el eco inmortal de cada susurro que imploró piedad y no fue escuchado.

Olemos la esperanza.

Sentimos el calor de la vida joven acercándose a nuestro umbral helado. Pronto, cruzarán la puerta, esa familia insignificante, portando la ofrenda que más anhelamos: la felicidad fugaz. Su risa será el vino amargo en nuestro banquete, y su dicha, el primer pilar que haremos añicos.

No buscamos la muerte rápida; exigimos la crueldad filigrana.

Convertiremos sus sueños en agujas de hielo clavadas en sus párpados. La luz de su fe será extirpada de su pecho como una fruta podrida. Verán el rostro de la locura en sus espejos, y ese rostro llevará nuestros nombres.

Sus vidas serán un lienzo de dolor.

Arrancaremos la memoria a hilos para que duden de su propia existencia, transformaremos el amor conyugal en un pozo de alquitrán de sospecha y miedo. Los hijos serán los testigos mudos de cómo la cordura de sus padres se deshace en sus manos como arena.

Despojaremos la razón con susurros de obsidiana, y haremos que la culpa se sienta más pesada que cualquier pecado. Cuando la última gota de su esperanza se haya evaporado, cuando el cuerpo se mantenga de pie, pero el alma esté pulverizada y ciega, los arrastraremos.

Los llevaremos al Abismo. No en carne, sino en un espíritu triturado y ensordecedor. 

 

Somos la Legión...

 

jueves, 15 de enero de 2026

Prólogo: Asturias 253 El origen del mal

 

 


 

Asturias 253 El origen del mal 

Prólogo

 

Solo recuerdo el silencio que se hizo antes de la pira. Un silencio que no era respeto, sino la condena más profunda. Dijeron que me quemaban para silenciar mi verdad, para extinguir la voz que no podían controlar. Pero ese fuego no fue una purificación; fue una puerta abierta. Abierta a una rabia que no necesita pulmones para gritar.

Mi existencia es un grito sordo que no encuentra la salida de mis costillas calcinadas. El aire que no respiro es un veneno lento, un óxido que me corroe desde 1633. Yo no estoy muerto; soy la autopsia de un alma a la que le negaron el cielo y la tierra.

No recuerdo el dolor exacto en que mi carne se apagó, pero llevo siglos sintiendo el brutalismo real de mi condena. Un vacío absoluto en las sombras lejos de la palabra, llano de todo y es saber que mi amada se fue sin mi mano para sostenerla. Que mi sangre, mi linaje, no nació y creció sin el eco de mi nombre. La Inquisición no solo quemó mi cuerpo; entre las brazas, emana el incendio de mi odio. Y lo que el fuego no consumió, creció entre cenizas para convertirse en mi nueva alma: la maldad que no se extingue. Esa es la verdadera hoguera que aún me consume, la única brutalidad que no puedo silenciar.

Ellos llamaron a mi muerte "justicia". Yo la llamo eternidad impuesta. ¿Cómo se muere un hombre cuando su único delito fue ver más allá? No te vas. Te quedas atascado en la última imagen, en la certeza de la hipocresía que te juzgó, en la impotencia de no poder proteger a los míos.

Y entonces... vino el fuego. El silencio que se hizo antes de la pira no era respeto, sino la condena más profunda. Dijeron que me quemaban para silenciar mi verdad, para extinguir la voz que no podían controlar. Pero ese fuego no fue una purificación; fue una puerta abierta. Abierta a una rabia que no necesita pulmones para gritar.

Yo llevo siglos sin poder purificar este rencor. Siglos con el mismo juramento atorado en la garganta, con el mismo desprecio sin voz queriendo salir. Y mientras ellos construyen templos sobre mi sepulcro, yo sigo aquí... despierto. Despierto en la oscuridad que prometí.

No sabes cuánto duele la injusticia de la fe impuesta. No sabes lo que es extender la voluntad y que atraviese siglos. Intentar reclamar la simiente y el linaje que me fue robado y encontrar solo la burla de una fe ciega.

Yo debería haber desaparecido en el humo. Pero no pude. Y la Inquisición siguió sin mí, como si mi nombre hubiera sido borrado.

Hasta que escuché el susurro. El eco de mi propia condena, Apollyon.

Esa palabra se clavó en mí como una aguja negra. Lo escuché detrás de la pira, detrás del infierno, detrás de mi propia condena. Y por primera vez sentí algo que no era dolor ni fe. Sentí... Poder.

Lo seguí porque ya no sabía cómo continuar. Porque su promesa de libertad me jalaba y mi odio ancestral me empujaba hacia él. Porque en cada rito, yo recordaba lo que era tener una causa. Y en cada acto de profanación, recordaba lo que me arrebataron.

Solo quería sentir otra vez. Sentir el control que el fraile me quitó. Destruir como él destruye. Existir como él existe. Pero el pacto... El pacto tiene su propio lenguaje. Y mi alma solo sabe hablar con ira. Con desprecio. Con la necesidad de un linaje que me vindique.

Todo lo que soy ahora es este origen. Esta grieta abierta. Este puritano condenado en un instante que no termina.

Y aunque no lo busqué... mi voluntad fría los alcanzó. Los tomé. Los elegí.

Porque ellos tenían lo que yo perdí: la vida para corromper. Porque mi muerte no terminó cuando mi cuerpo se hizo humo. Mi muerte empezó cuando me negaron el futuro. Y el departamento... Asturias 253... él me permitió volver.

Y si tengo que arrancarles el alma a otros para alimentar mi propósito eterno... Entonces que se arranque.
Yo fui creado por la hoguera. Mi condena es no poder descansar.



Thomas Miller 

(1600–1633)

 

jueves, 1 de enero de 2026

Prólogo: Sombra Cuántica Conexión al Infierno

 

 


Sombra Cuántica Conexión al Infierno 

Prólogo

 

El terror no está en el fracaso; está en el olvido. Es la podredumbre del nombre, el cáncer blanco que deshace el monumento al ego.

No recuerdo el momento exacto en que mis obras se convirtieron en polvo. Solo recuerdo el silencio después del aplauso, un vacío más profundo que cualquier tumba. Quise ser un dios, el creador de la memoria eterna, pero fui condenado a la cal viva del olvido. Fui un titán forzado a ser arena, un grito de mármol que se deshace en la marea de la irrelevancia.

Nadie me explicó el precio de la inmortalidad. Nadie me dijo que a veces, cuando buscas la cumbre, te quedas atrapado en el espectro mudo del eco hueco de tu nombre. Yo me quedé ahí. En ese instante de frustración perpetua que nunca termina.

Dicen que la vanidad es un pecado. Mentira. Yo llevo siglos sin poder purificar esta hiel que me devora, esta envidia corrosiva. Siglos viendo mi genio eclipsado, mi legado devorado por la nieve de la indiferencia. Y mientras los mediocres celebran, yo sigo aquí... despierto. Despierto en la oscuridad de lo que debí ser. Mi propia tumba es el pedestal que nunca se levantó, y mi tormento es la conciencia de mi genio perdido.

No sabes cuánto duele la injusticia de la grandeza ignorada. No sabes lo que es extender la mano a la posteridad y sentir el tiempo, una navaja helada, devolviéndote solo el aire. Intentar ser la voz de una era y que el mundo te escupa a un rincón del que nunca exististe.

Yo debería haber sido inmortal. Pero no pude. Y el mundo siguió sin mí, como si mi arte hubiera sido una simple nota al pie, una cicatriz que nadie mira.

Hasta que escuché el susurro. El eco de mi propia frustración, Apollyon.

Lo seguí porque ya no sabía cómo creer en mí. Porque su promesa de ser registrado me jalaba, y mi rencor ancestral me empujaba hacia él.

Solo quería sentir otra vez. Ser visto. Existir más allá de mi carne. Pero el pacto... El pacto tiene su propio lenguaje. Y mi alma herida solo sabe hablar con vanidad desmedida. Con ira que no caduca. Con la necesidad de una gloria que me vindique y los reduzca a todos a ceniza.

Todo lo que soy ahora es este origen corrupto. Esta grieta en la posteridad. Este ser condenado por la ambición en un instante que no termina.

Y si tengo que arrancarles la memoria a otros para alimentar mi legado eterno... Entonces que se arranque.
Yo fui creado por el olvido. Mi condena es ser la eterna sombra de la grandeza. 

Aurelio Ordaz (desconocido)

 

Reseña: Mariana Inocencia Oscura

      Mariana: Inocencia Oscura José Francisco Olguín Flores JF Olguín Autor   Mariana: Inocencia Oscura es una nove...